Marcela Quesada — La causa es siempre la misma

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Ya intentaste
de todo.

Terapia, libros, cursos, conversaciones que se repiten en tu cabeza sin llegar nunca a nada concreto. Y en el fondo, ya no sabes si el problema eres tú, o si de verdad hay algo que se te sigue repitiendo.

Y de verdad lo siento por todos los procesos terapéuticos que requieren de años, pero haciendo una encuesta en mi mente, este fue el resultado: el cien por ciento de las personas prefiere ver la causa de sus situaciones en una tarde, a seguir pagando por explicarla durante una década.

Esto es porque el cuerpo es un chismoso y sabe reconocer el peligro antes que tu mente. Un ruido extraño, una sombra que se mueve distinto — y tendrás al cuerpo reaccionando antes de que puedas explicarlo con palabras. Eso no es magia, es instinto, entrenado durante años para detectar lo que está a punto de romperse.

Yo tengo ese mismo instinto, pero entrenado para otra cosa: para ver, muy rápidamente, la causa de lo que se repite en una vida.

Sé que suena a otra promesa más, de esas que ya escuchaste antes y que tampoco funcionaron. Por eso no te voy a pedir que me creas. Te voy a contar de dónde viene lo que veo, y tú decides.

De niña, viviendo en una casa de madera, aprendí algo que nadie me enseñó: encontrar el clavo flojo antes de que la pared se cayera (literal). Nadie me lo pedía. Yo ya lo veía. Lo encontraba, y lo arreglaba, antes de que nadie más se diera cuenta de que algo estaba a punto de caerse. Y amaba hacerlo — amaba tener el martillo en mano y clavar esa madera al ajuste perfecto.

Con los años entendí que hacía exactamente lo mismo con las personas.

Me casé una vez, con toda la fe que se pone en un «para siempre». No funcionó. Y ese golpe, en vez de quebrarme del todo, me empujó a buscar respuestas — esa búsqueda es, en el fondo, lo que hoy me trae hasta aquí. Y aunque estudié periodismo, no lo ejercí — no me gusta lo negativo. Me certifiqué, uno tras otro, en todo aquello que sí me funcionaba, en lo que lograba comprobar en mí misma antes de creérmelo. En medio de depresiones que venían con mensaje, y yo no comprendía del todo.

Hasta que llegó el famoso día «D», y con él, el momento exacto donde todo lo que había aprendido — disperso, suelto, sin sentido aparente — engranó de golpe. Como si años de piezas sueltas por fin encontraran su lugar en una sola noche.

A partir de ahí, empecé a ayudar a otros como yo.

Después de catorce años estando soltera (que no sola), me volví a casar. Y esta vez, me divorciaron a mí. Y ahí, en medio de lo que pudo haber sido otro desastre más, hubo una gran diferencia: todo lo que había integrado hasta ese momento me salvó de volver atrás y repetir la historia. Reconecté con el amor propio ya construido — esto me sostuvo, y me permitió sacarle a esa caída algo que valiera el tiempo y el dinero invertido.

Por eso hoy veo rápido, claro, sin adornos. No es una técnica que aprendí. Es lo que queda cuando ya viviste suficiente desde el dolor como para dejar de darle vueltas a las cosas, y asumir responsabilidad con lo que vivo.

El mundo no tiene nada que darte; solo muestra lo que te estás dando a ti mismo.

Cada día te escribiré una carta. Sin filtros. Tengo la certeza de que compartir es una forma de edificar a otro, y compartir lo que aprendí, lo que sigo aprendiendo, y las herramientas que me ayudaron a conocerme a un punto que ya nada me toma por sorpresa (y mira si las hay, las sorpresas, digo), es algo que agrega valor. Te diré que algunas veces será corto y directo, y que otras veces será largo y profundo, de los que tocan el alma. Pero siempre útil.

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Marcela Quesada — marcelaquesada.com
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